lunes, 2 de septiembre de 2013

Conversaciones nocturnas con mamá

Alexander CALDER


Si de algo puedo dar fe, como madre y ser humano, sin pretensión alguna de convencer a incrédulos y descreídos de lo que es un hecho; sin tener que acudir a la amputación de miembros o a mortificarme con faja de cerdas o de cadenillas con puntas de hierro es que, -en mi particular brega con mi impulsiva criatura, el canijo-, el superrealismo, lo rocambolesco, lo imaginario, lo ficticio, a estas alturas de la biografía del perspicaz polluelo, se han convertido en  su  leitmotiv. Y además, sin agonía ni racaneo. Al contrario de quien pueda pensarlo, su leitmotiv está lleno de un dispendio copiosamente generoso en tiempo, lugar y forma. Vamos, para entendernos, que tiene carrete para rato. 

El canijo, alias el charlatán camboyano, ya sea día, tarde o noche no mete lengua en paladar. Tanto es así, que parece haberle pillado el gustillo a practicar su advertido caudal de inquieta curiosidad en esas horas, cuando el sol no está sobre el horizonte, intempestivas, incómodas o poco razonable para disparar a quema ropa con cuanto se le cruce por esa cándida y azogada cabeza.

Y tal cual, dispuesto con su traje de noche, con la barriga llena y cepillados los dientes. Cada cual en su cama: mamá a la derecha y el canijo a la izquierda. Tumbados boca arriba y aún con los ojos abiertos. El silencio reina en la habitación. El canijo comienza a moverse como garbanzo en boca de un viejo, de derecha a izquierda y de izquierda a derecha. El cambio de movimiento,  de un lado a otro, se producía en intervalos de cinco segundos. Repetía y repetía el giro de croqueta rebozada espasmódica como unas cinco o seis veces: daba la sensación de que su cuerpo  no abarcaba una cama de 1.35m. Intentaba encajar su pequeño esqueleto para conciliar un dulce y cómodo sueño pero parecía que más que buscar conciliación con Morfeo lo que se estaba produciendo allí era un rebullir de inquietud que rondaba en su alborotada y diligente cabeza.  

Presta, y con muy malas pulgas, me dirijo a él y le pido que pare ese vaivén nervioso. Le repruebo, sin censurar la amenaza, que cierre los ojos de una vez. Pero a oídos sordos, palabras necias. Y no sé por qué, por qué extraña razón, no sé si los planetas se alienaron, sin por fin encontraron a Curro, o qué, que ni mis amenazas con llamar a "Juanito", el personaje que se inventó su abuelito famoso por castigar a los niños a comer ensalada durante días, no surtieron efecto como en anteriores ocasiones. Básicamente me dio a entender que se la soplaba, Juanito, sus ensaladas y la madre que lo parió. 

Así que sin cerrar los ojos, me di cuenta de que acababa de encender la mecha de un polvorín. La retahíla de preguntas manifestando aquello que no entendía confesando sentimientos, afectos, intenciones; reconociendo y dejando al descubierto la inocencia del que aún no está contaminado por nada, hicieron descargar esa zozobra que le retumbaba en la cabeza. Y a mi, me hizo caer rendida y desarmada como espadachín del siglo de oro. 

A ver, canijo, ¿qué sucede?
Mami, ¿por qué hay que cerrar los ojos para dormir?
Canijo, porque es así como se duerme.
Pues yo  no quiero. Yo quiero dormir con los ojos abiertos porque si no, no veo nada. Y quiero verlo todo.
Pues entonces no descansarás.
Bueno, yo haré lo que quiera.

Pensando que el tema se me estaba yendo de las manos y qué nos darían las tantas con tanta barruntada, atajé el tema cómo una madre sólo sabe hacer, dejando claro que aquí la que manda es la menda:

¡No! ¡Lo que quieras no! ¡Eso ni hablar! ¡Venga! ¡A dormir! ¡Ya está bien, hombre!

De nuevo, vuelta a empezar. Silencio. Y de nuevo, la cabra tira pal monte. La misma historia de giros, piruetas, rotaciones, virajes y más acrobacias nocturnas. Una, y cincuenta veces. ¡Paciencia! Me dije. Hasta que un bufido, de lo más profundo de mis entrañas resonó en la habitación:

¡Canijo, qué pasa!
Mami, ¿qué es una chicharra?

Cogí la almohada, la mordí con todas mis fuerzas intentando sofocar mis ganas de llorar desconsoladamente.

Mami, por favor, ¡cuéntame de verdad qué es una chicharra! 

Pensé: "mi hijo practica hábilmente el cinismo y el chantaje." Y como siempre, accedí. Accedí, por ese motivo y por evitar reproches que me persigan hasta el fin de mis días. Así que allí, plantada con pose de reposo, accedí a dar una clase de ciencias naturales en plena noche.

A ver, una chicharra es un insecto que cuando hace mucha calor canta. Y el sonido que emite lo hace con el batir de sus alas: cuanto más calor, más bate sus alas y más ruido hace...

Pareció quedar convencido. De nuevo, silencio. Con los ojos cerrados pensando en mi triunfo, intentando suspenderme en lo más profundo del silencio. Concentrada en mis pensamientos, en la búsqueda del plácido sueño. Suave y profundo. Suave, cálido, tranquilo en calma.......

Mami, ¿cómo me hicieron papá y tú?.....
















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