miércoles, 18 de abril de 2012

Meteorosensible.



Hoy recordé un día. Un día de verano de hace ocho años. El motivo, un desayuno lagunero en una cafetería muy especial y con mucho duende. Se trata de un lugar que nada más que por su nombre te pica la curiosidad olfatear que se cuece dentro: "La Pera Limonera". ¿No es encantadoramente sugerente? Cuando lo leí me imaginé una pera con un peineta y una falda de gitana hecha con la corteza de un limón. Me gusta mucho esta expresión. Creo que ha sido un acierto empresarial tomarla como slogan, aunque la imagen de reclamo no tenga nada que ver con lo que mi imaginación barruntó, pues es más simple y menos folclórica que mi propuesta. Sencillez. Un vinilo donde reza la expresión y el listado de los productos que ofertan. Nada de barroquismo publicitario. 
El cielo esta nublado. Hace frío. La mañana, definitivamente, corresponde más a la estación de otoño que a la primavera del mes de Abril. Quiero desayunar y me acuerdo de mi pequeño gran descubrimiento. Hoy iba a ser el día. El día que iba a tener la oportunidad de sentarme en este dulce, tranquilo y cálido espacio. Es un poco pequeño, casi como una salilla de espera aunque su angosto espacio da la impresión de ser un gran salón de recogimiento.
Me siento en una mesa situada justo al lado de un ventanal que da a la calle. El asiento perfecto para quedarte mirando en silencio a la gente que pasa o disfrutando de la quietud del momento. En ese momento, mis conexiones neuronales andaban fabricando felicidad en estado sólido, como hubiera dicho Salinger. El encanto de aquel despacho de café, amueblado con mesas recicladas, floreros de colores,  paredes de piedra pintadas con cal, ofreciendo una carta natural, sin conservantes ni colorantes, reunía todos los requisitos de esos rincones tranquilos para charlar mientras tomas un zumo de naranja y remolacha, como el que me tomé yo.
Para mí, hay una parte del estado de ánimo, que se puede interpretar como cursi, que cuando uno los vincula al recuerdo, sobre todo, con épocas de crecimiento o con momentos inmemorables, vistos con perspectiva, nos parecen pequeñas o grandes manifestaciones. Por ejemplo, en la música tu ánimo lo identificas, rápidamente, con una melodía que te hace recordar algo que te gusta o te entristece. Ese recuerdo ligado a un episodio concreto se queda grabado en tu memoria para ser capaz de reconstruirlo,-su olor, color, época, estación, temperatura, lugar-, con el paso de los años. A mí hoy me pasó. Volví a recordar unas vacaciones. Un lugar. Un tiempo. Un estado de ánimo. Un olor. Un color. El mar. La brisa. La paz. El silencio. El sol..., Un gran momento. ¿Quizás haya tenido que ver la luz y las condiciones meteorológicas de esta mañana lagunera? No lo sé. Dicen que la luz y las condiciones meteorológicas tiene una gran influencia sobre nuestro estado de ánimo, sobre nuestras sensaciones, en nuestros recuerdos. Meteorosensible, lo llaman. Lo sea, o no me gusta experimentar estas sensaciones, extrañas, agradables, reconfortantes, serenas e incluso flemáticas, a través de estos lugares que pueden resumir el ir y venir de los días, que albergan encuentros, detienen el tiempo y nos protegen de la vida a cielo abierto. Que incluso cuando te sientes sola y un poco perdida, puedes recurrir a ese terreno conocido, al lugar en el que te sientes abrigada en los momentos de desamparo.
Trato de concentrarme pero son muchas las ideas que se agitan en mi mente. Llueve. Mi mirada se queda clavada en el cristal. Acaricio una idea. ¿Defenderse es un buen síntoma? Si. Y un buen síntoma es algo a tener en cuanta en una cabeza como la mía plagada de contradicciones que amenazan mi irreductible optimismo. ¿Disfruto de la vida? Creo que si. A veces de cosas tan simples como este asueto matutino, anímico y lluvioso, en una cafetería, recordando aquel mar de emociones basadas en sensaciones y recuerdos...



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