miércoles, 27 de mayo de 2015

UN RECUERDO PASADO


“Al principio, el tiempo había sido bueno, 
sereno, hasta que del Este un viento frío y penetrante 
irrumpió en sus entrañas y todo quedó en silencio.” 
A. Chéjov.

Laia quería simplificar el drama de todo lo sucedido la noche anterior en casa; ocurrió de forma tan inesperada que fue, casi, como recibir un inoportuno beso o una mezquina puñalada. Necesitaba salir a dar una vuelta para estirar las piernas y respirar un poco de aire fresco, estaba convencida de que eso le sentaría bien, le ayudaría a ordenar las ideas y a serenar sus destemplados nervios. Llegó hasta la avenida que, (sombrío y melancólico paseo poblado de enormes árboles plataneros que daban una hermosa sombra en verano y eran distintivo de ésta calurosa ciudad del mediterráneo), hay justo a dos manzanas de su edificio. Fatigada cae rendida en uno de los robustos bancos, de cantera de granito vigués del XIX, que formaban parte del atrezzo urbano del bulevar. Se sentía como el que está condenado a una holganza continua donde el tiempo y la incuria arruinan cualquier atisbo de historia alentadora. Pensaba en todos aquellos personajes de la literatura rusa que leyó en su juventud y con los que ahora se identificaba por destino o infortunio: Ana Karenina,Vladimir Petrovitch  en la obra de Turguénev “Primer Amor”, o Dmitri Dmitrich Gurov cuando quedó prendado de la  “Señora del perrito” de Chéjov. Todos ellos llenos de fatalidad romántica y que han padecido los penares del amargo dolor del corazón. Allí sentada, susurraba alguna de las frases de aquellos libros de apoteósica exaltación dramática en busca de no se sabe qué; quizás auto-terapia para liberarse del luto o quizás darse cuenta de que el dramatismo no lleva a nada sino más que a lo no destrucción del pasado. Bailaron frases de Hamblet y de Anton Chéjov infectadas de los sentimientos más miserables del desamor : 

“¡qué hacen los seres como yo reptando entre el cielo y la tierra!”; 
“¡Cuánto dolor añorando caricias pretéritas! 
Pensaba con ardor, apretándose el corazón con la manos”. 

Laia lloraba. Lloraba desconsoladamente. 

Las hojas crujían melancólicas entre sus pies. Yacía el crepúsculo. Entre los árboles se posaba el claro oscuro y se acurrucaban las sombras. Soplaba el viento tibio. Laia no hacía más que pensar en que debería arrancarse del pecho el corazón que tanta pesadumbre le causaba; que de tan grande, es demencial. Pensaba en la escena de cómo terminó todo: él abrió la puerta de la habitación donde Laia estaba desnudándose, para darse una ducha antes de cenar, se detuvo en el umbral de la puerta y se quedó observándola unos minutos inmóvil, sin decir nada. Ella notó su presencia girando la cabeza rápidamente para decirle: “¿¡Qué haces ahí parado!?” Él alzó sus hombros añadiendo un enigmático: “Nada. ¡Mirándote!” A Laia le resultó raro el gesto, nada habitual en él, e incluso la respuesta tampoco era propia sino que le sonó más bien a la de alguien que no siente la necesidad de réplica a preguntas ajenas. Después de esto cada cual siguió realizando sus tareas de organización para el trabajo del día siguiente. Al cabo de unos diez minutos él la llamó para que fuera hasta el salón, y una vez allí le dijo: “¡Siéntate Laia, tenemos que hablar!” Sucedió lo que ella se temía, el adiós estaba próximo. Hierática, con los ojos helados y el corazón machacado, oyó aquella civilizada forma estúpida, miserable, cobarde y poco creíble, o al menos en ese momento para Laia, de  romper con alguien: “ Yo te quiero mucho pero no como antes. Lo siento. Seamos amigos”. Ésa fue la manera de concluir aquella conversación, dramática para ella, a pesar de sonar, como otras tantas veces anteriores a esta, a propósito imposible. Pero no, ésta vez ella sabía que era diferente. Cayó desplomada en la silla al igual que una marioneta, como si le cortaran los hilos que sujetaban su enjuto esqueleto: “¿Quién soy? ¿Dónde estoy? ¿Cómo demonios he llegado hasta aquí?” Parecía decir por la expresión de su cuerpo. El asombro y el impacto de la noticia la llevó a dirigir sus manos sobre la nuca para esconder la cabeza entre sus muslos,- quizás buscando evitar la hiperventilación-, pero aún así sentía como el oxígeno no alcanzaba sus pulmones: mareo, rigidez física, entumecimiento motriz: era como si el cuerpo perdiera dopamina de forma vertiginosa y sin control. Laia quedó pálida y herida de muerte. 

Era una mujer de éxito, - periodista musical de profesión; carrera que le daba muchas alegrías y oportunidades de viajar para conocer lo que otros ni tan siquiera imaginan-, pero a pesar de todo se sentía desdichada a causa de su vaciedad no llenada de su saciedad mortal. Separada y fuera de armonía en tanto que los otros, familia, amigos, novios, ex, hasta su peculiar mascota, una tortuga vulgar que una amiga de infancia le regaló por aquello de superar las fobias animales, se fundían en el ser mas grande. Laia se sentía un bicho raro y sólo cuando creyó pertenecer a ese ser social que llaman hombres el mundo, su mundo, se desmoronó, se derrumbó ante ella, destruyéndolo todo sin dejar huella.

Imbuida en una maraña de dependes, quizás y tal vez, seguía envuelta, sentada en aquel banco, en soledad, con aquella flagelación emocional, sin percatarse del desgaste psíquico. Su cabeza iba a mil revoluciones por minuto: imágenes, pensamientos, sueños, pasado, presente y futuro que se entremezclaban sin sentido, sin secuencia lógica. Pensaba en lo pobre y triste que sería su vida a partir de ahora, sin adivinar que también llegará el día en que por un día de esta triste vida entregaría ella todos sus años fantásticos, y no ya a cambio de alegría o felicidad, pues no tendría preferencias en esa hora de tristeza, arrepentimientos y dolor sin obstáculos. Pero hasta que llegue ese momento amenazador para ella la vida es tormento, es angustia, es oscuridad. 

Desde aquel marco nocturno, miraba al cielo buscando dar justificación y consuelo a su dolor en la leyes de la física: “la tierra está en continuo movimiento y por tanto, los seres humanos nos adaptamos a las circunstancias, a las situaciones, sin remedio, con resignación y desde un caleidoscopio de dispar sensibilidad.” 

Desde aquella ventana del insomnio pensaba cómo dar norte a su vida pues sabía que era imprescindible deshacerse de las sombras a pesar de estar aterrada y turbada por el pánico. 

Agotada, y en cierta manera algo más aliviada, regresó a casa. Una vez allí fue hacia la cocina para abrir una botella de vino y tomar una copa en busca de serenidad. Conectó su iPop, dejó que saltaran las pistas de forma aleatoria, sin reparar en si era música clásica, rock, indie o heavy metal. De repente, pareció como si el destino la pusiera ahí para ella: “NON JE NE REGRETTE RIEN” de Edith Piaf . Quedó quieta. Pensativa. Y sin más, subió el volumen del equipo. A cada frase, la fuerza interior de Laia se hacía mayúscula, monumental, grandiosa:

No, no lamento nada
No! nada de nada,
No! no lamento nada
Ni el bien que me han hecho,
Ni el mal,
Todo eso me da igual!

No! nada de nada,
No! no lamento nada.
Está pagado, barrido, olvidado...
Me importa un bledo el pasado!

Con mis recuerdos
He encendido el fuego,
Mis penas, mis placeres…
Ya no los necesito!

Barridos los amores
Y todos sus temblores,
Barridos para siempre,
Vuelvo a empezar de cero.

No! nada de nada,
No! no lamento nada.
Ni el bien que me han hecho,
Ni el mal,
Todo eso me da igual!

No! nada de nada,
No! no lamento nada.
Porque mi vida,
Porque mis alegrías,
Hoy comienzan... !

Al instante, Laia se sintió serena, sin necesidad de buscar prostíbulo poético ni azúcar para las sosas e insufribles heridas, embargada por el encanto de un recuerdo entrañable y familiar, el de la esperanza de que las privaciones sufridas, la mala suerte y el hastío de la vida partirían....Y que cuando se ama, la ofensa no puede sostenerse mucho tiempo sino más que en un recuerdo pasado.


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