lunes, 20 de agosto de 2012

Prisionera del corsé


El origen de las fajas quizás haya que buscarlo en el legendario corsé que dejaban sin aliento a mujeres de esbelta figura en su afán por reducir unos centímetros de cintura, realzando su pecho y marcando de forma exagerada su cintura. Quién no se acuerda de esa imagen de Scarlett O´Hara en "Lo que el Viento se Llevó" cuando le decía a Mammy "Aprieta más"


Lo único que destaca de la figura femenina es la cintura y el pecho. Se le llegó a llamar "avispero" pues hacía falta otra persona para ajustar el corsé y estrangular la cintura.
Esta pequeña historia sobre la faja tiene un porqué. Después de parir sufrí el daño colateral de conservar la barriga tipo bocoy. Mis continuas quejas, blasfemias e  improperios sobre mi flotador adiposo terminaron por tumbar a mi sentido común. ¿Cómo? Haciendo caso de los antediluvianos consejos post-parto de mi madre. Obviando, por otro lado, tirar por la senda de la cordura y la razón por el camino del sufrimiento pero falto de masoquismo, el DEPORTE.
Ya sabéis que las madres, benditas ellas, son una fuente inagotable de sabiduría en temas preñeriles. Pero a veces, pueden resultar estomagantes, hartiables y aburrir hasta "el infinito y más allá": "¡Nena! la sal; ¡Nena! la comida; ¡Nena! ejercicio; ¡Nena! los dulces; ¡Nena! los pies hinchados como morcillas de burgos; ¡Nena!, ¡Nena!, ¡Nena!...la faja." ¿La qué?  LA FA-JA ¡Ni muerta! El simple hecho de pensarlo me provocaba sensación de ahogo, asfixia, angustia...Su uso no está exento de sacrificio. Al ser tan ceñidas, se convierten en una segunda piel que, aprieta, estrangula, despachurra, apretuja, estruja...NI MU-ER-TA. 
Pero llegó el día. El día en el que el post-parto se hizo visible en mi espejo. Delante de mis ojos. De unos ojos con marcado estilo "Boterista"; volumetria exagerada iniciada desde pechos a caderas, haciendo una especial parada en boxees, oséase, barriga bocoy o tonelera impregnada de un carácter tridimensional enjundioso.  
Esta constitución adquirida de forma connatural hizo mella en lo más profundo de mi quebradiza autoestima post-partil. Dejando huella. Haciéndose notar cada vez que me animaba a ir a la tienda con nombre de mujer y que puede ser pronunciado con "S" y con "Z" dependiendo si te encuentras en la Península o en Canarias. De perfil, de frente, por detrás. Nada me convencía. Seguía viéndome como  esas señoritas rechonchas. Como un monstruo sobrealimentado con vientre hinchado.
Decido lanzarme. En mi cabeza se repetía como eco de túnel las palabras de mi mamá: "¡Nena, faja! ¡Nena, faja! ¡Nena, faja!.¡Nena, faja! ¡Nena, faja!.¡Nena, faja!.." Y de repente, ¡zas! Me veo en el área comercial de nombre archiconocido por todos los españolitos de a pié, el C.I. 
No era dueña de mi cuerpo. Las ordenes que mi cerebro mandaba a mis extremidades no respondían. Como una auténtica zombie me dirijo a la tercera planta, lencería. Y de repente, una avispada, rápida y perspicaz dependienta se acerca a mí. Con mi boca seca, intento articular palabra. Y así, de carretilla y  en voz baja, -me faltó decírselo al oído-, le suelto: "quiero una faja..."
Y llegó el día de probar la faja. Si. Un día de almuerzo con padre, madre, queridísimo, canijo, la faja y yo. Incluyo la faja, pues cuando me la calcé era como el invitado inoportuno, chinchorrero, incordio y mortificador. 
Para dar datos, me la enfudé con un vestido muy monísimo con la idea de comer poco para no reventarlo. Pero el concepto de voluntad y el ordeñamiento al que me veía sometida cada 4 horas por mi pequeña bestia me llevó a pegar la ignorada por respuesta. 
Pero no adelantemos acontecimientos. Llegamos al restaurante y en mi cabeza reinaba la imagen de ensalada y agua como vianda del día. La repetía a modo de mantra. "lechuga y agua, lechuga y agua, lechuga y agua...."
Mientras estaba de pié, bien. Toda estiradita. Con la columna vertebral equilibrada y recta. Sintiendo mi vientre plano. Estupenda pero irreal. La faja era como sufrir el garrote vil. ¡Dios mío! Sería incapaz de decir de corrido "supercalifragilisticoespialidoso..." Puñetera faja de los mil demonios. Pero antes muerta que sencilla. O antes enseñar, dientes, dientes que dejar ver, o caer mis carnes morenas o flotadores de embarcación de recreo. 
Llegó el camarero. De nuevo mi cerebro no responde a mis deseos. En vez de decir lechuga y agua dije; solomillo y birra. Pecado capital: Gula.
Mientras comía notaba como la faja se iba enrollando queriendo dejar paso a mi adiposo panza u odre. Al principio luché y me levantaba como la que no quiere la cosa, con disimulo. Moviéndome de un lado a otro. Cogiendo los extremos de la faja y, y, y, y, y, y, y, y.....aaaaaaaaaarriiiiiiiba....Una vez....Y bocado al solomillo....Y faja para abajo....Dos....aaaaaaaarriiiiba....Mientras mi madre me decía: "Hija, ¿qué tienes? Está colorada."
Lógicamente le contestaba con evasivas pues la faja la compré bajo secreto de sumario. Yo, la abanderada de, "no renunciaré a unas papas con carne por un pantalón de pitillo" pues sería poco menos que humillante reconocer que estaba embutida como una longaniza. Prisionera de la faja reductora. "No, mami. No pasa nada. La caló..."
Al final, gracias a Dios el sentido común se acercó a mí, -después de hincarme el solomillo, lassssss cervezas, la ensalada, el pan, el queso, el jamón y por supuesto la menta poleo con SA-CA-RI-NA-, para decirme: "¡Muchacha! Vete al baño y desenfúndate ese objeto diseñado por Bo Derek...que de Bo tiene sólo la de "bocoy" y de Derek, no tiene ná, salvo los sueños poco decorosos que una tiene con el buenorro de Derek el de la Obregón.
Así que le hice caso. Me la quité y hasta la fecha no he vuelto a saber de ella. No sé si me echará de menos pero lo que es esta menda lerenda, NI FISQUITO.  

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